El curioso pueblo de yo (21 habitantes) y sus pésimas relaciones sociales mientras ofician de directores de radio en una ciudad atiborrada de gente curiosa e inquieta por la velocidad de las cosas que van y vienen sin preguntar nada así que respiremos profundo no hay más que jugar porque.... ¿qué vamos a hacer si no?

Monday, August 06, 2007

LA VIDA TE PUEDE DESAYUNAR


Sábado en la mañana, me desperté y como todo marido moderno el desayuno del fin de semana en general corre por mi cuenta. Me levanté con ganas de hacer algo distinto a lo usual (en general es un desayuno con jugo de frutas, un café además para ella, pan con alguna cosa y estamos), así que decidí hacer algo diferente. Entonces se me vino a la mente una imagen que pensé había olvidado: recordé un tipo de sandwich muy poco sano pero delicioso que me enseñaron hace unos veinticinco años. Usted toma pan de molde, lo unta con mantequilla por el lado externo del pan, le pone dentro palta, jamón o queso y lo tira en un sartén por lado y lado. El resultado es delicioso. La mantequilla se dora y pierde su grasa, y el interior toma un sabor insuperable.

Desayunamos y saqué aplausos. Misión cumplida. Un gran sadnwich para un frío día de invierno.

Así las cosas, me levantó a una reunión -sí, reunión día sábado- y en el camino compro el diario. Ahí es donde la historia del famoso sandwich adquiere una arista sobrenatural: salía en portada del Mercurio que el mítico Café Riquét de Valparaíso había cerrado definitivamente, sin poder huir a malos manejos y a las inmoviliarias. Al progreso. Y créame o no señora, señor, fue en ese café donde, hace veinticinco años, me habían enseñado a preparar de esa forma el pan.

Me quedé helado. ¿Por qué recordé esa manera de hacer un sandwich si nunca lo había hecho? ¿Por qué justo después del cierre definitivo de ese café donde Lukas me enseñó a dibujar a Don Memorario? ¿Dónde me llevaban mis papás cuando niño, un día antes del cumpleaños de mi mamá? No es un dato menor, mi madre está de cumpleaños los días cinco de agosto. Al café Riquet iba también con tíos que ya no están, casi siempre con un Asterix comprado en una librería de Esmeralda cuyo nombre olvidé. Parece que era la librería Orellana. Sí, era la Orellana. El tío Lalo -un marino mercante, un Simbad que traía cuentos de Gibrán de sus viajes- ahí me compraba Mafalda. Y para celebrar comíamos torta de Selva Negra o Merengue Lúcuma en el Riquét. Los mozos nos conocían, nos daban torta con yapa. Mi mamá con la tía Ena -la hermosa tía Ena, la mujer del tío Lalo- hablaban de sus cosas, trivialidades de gente que sabe vivir. Casi siempre estábamos en la mesa que daba hacia la calle. Ahí miraba a esa gente de abrigos y jockeys que caminaba con maletines, señoras de peinados antiguos con el pan recién salido en sus bolsas de nylon, hacia alguno de los tantos cerros de la ciudad más sobrenatural del mundo.

Quizás Valparaíso nos envía mensajes a todos los que vivimos en él. Quizás Valparaíso, ese Valparaíso que ha visto morir su café Vienés, el Aguila, el Club Alemán y cuántos más, nos habla en sueños pidiéndonos que no lo dejemos morir o quizás pide seguir siendo el que fue. Quizás los que hemos recorrido esas calles, esos cerros desde niños, tenemos diálogos secretos con la ciudad. Una suerte de mensajería íntima entre una ciudad que respira a través de nosotros aunque estemos lejos. Prefiero pensar que es así. Creer que es así.

Quedé para adentro. Aún lo estoy. Me pareció mágico y misterioso. Un frío misterio que termina poniéndose cálido y que te lleva atrás, a esos años que, maldita sea, no volverán jamás.

Y sí. La vida te puede desayunar. Y quería contártelo, porque a veces todo parece ser lo que se ve, y parece que hay más. Más aún cuando hablas de un Puerto, y ese puerto se llama Valparaíso.

* la foto la tomé prestada de Plataforma Urbana. Gracias por el préstamo.

** ¡Progreso de mierda, devuélveme mi infancia!

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