LA INSOPORTABLE NORMALIDAD DEL SER

Vístete Polo. Usa Dockers. Habla de farándula. Sigue una moda. Aféitate. Córtate el pelo. Lustra tus zapatos. Abrocha tu camisa. Endereza tu corbata. Pronuncia bien el inglés. No hables del miedo a la oscuridad. Habla del ipsa, del cobre, del dolar. Nunca, NUNCA bailes arriba de los pianos, no pongas los codos sobre la mesa, usa los servicios de afuera hacia adentro, el plato izquierdo es el tuyo. No metas ruido con el vaso. Mira la serie que ven todos.
Una sociedad que esconde a sus locos está enferma. Sometida a sus miserias, a sus miedos y formalidades. Como dijo mi amigo Fortuño, la psiquiatría más progresista concuerda en que la única razón para encerrar a alguien es que sea un peligro a la sociedad. Y si fuera por eso, varias decenas de asesinos y ladrones compulsivos debieran estar presos y hoy andan libres disfrazados de seres normales, incluso respetados y con escolta. El Divinísimo Anticristo jamás le hizo daño a nadie, salvo lanzar un par de puteadas a algunas cuicas temerosas. Desde que llegué a Santiago que lo vi circular por Lastarria y más de alguna vez llegaron a mis manos sus escritos. El y el hombre de los dibujos, ese barbudo que fuma como condenado, eran el barrio, son nuestra ciudad tal cual es, sin arreglos ni ornamentos.
Además, qué arribista y cuma es la situación si miramos a los principales referentes de esta sociedad que se niega a cada rato: ¿Se imaginan la de cerros de encerrados que tendrían en Nueva York, Londres y París? Está lleno de locos y vagabundos, mezclados con el paisaje opulento de esas ciudades. Cantan en los metros, bailan en las calles, hablan solos en los parques. Y aquí en Santiago, los esconden. Está lleno de familias con parientes que tienen problemas. Las hay que esconden, las hay que integran. No hay donde perderse. Se vive mejor. Lo sé bien de cerca.
El encierro del Divinísimo Anticristo pone en el tapete nuevamente la antigua pugna entre dos mundos antagónicos. Dos morales contrapuestas. Veamos qué diplomas se lleva qué lado.
Patricio Fernández puso el tema en el tapete, para variar desde el The Clinic.
El hombre era feliz en la calle. Con eso basta. Así lo dijo. Y si sale, si vuelve a su atmósfera santísima, déjenlo ahí, en la calle, tranquilo, en su mundo, que no salga en la televisión, no lo volvamos un juguete de nuestra propia neurosis o esquizofrenia y menos de nuestra manoseada solidaridad. En la calle lo volvemos a poner y ya está. Como si nada hubiera pasado. Y seguimos el camino. Y nos cruzamos un día de invierno con él en una esquina. Y le compramos un escrito. Y ya. Listísimo.
Qué miedo da pensar que nos olvidemos. Que lo dejemos pasar. Y sigamos más locos aún, libres porque pagamos, con nuestros carritos de supermercado comprando como máquinas, enfermos, pero aceptados por una sociedad que se cae a pedazos debajo de tantas contradicciones. El Divinísimo no se compró esta farsa, su carro de supermercado estaba lleno de calle. Da para pensar quién está más loco, ¿no? Da para pensar en lo paradójico que es su carro de supermercado, un símbolo demasiado radical. De que la vida está más viva que uno y entrega mensajes que no todos pueden leer. Pero mejor no sigo, puedo llegar lejos y a estas alturas capaz que me encierren. Y que nadie me reclame.
"siempre rechacé que me comprendieran. Ser comprendido es prostituirse. Prefiero ser tomado como lo que no soy, ignorado humanamente, con decencia y naturalidad"
Fernando Pessoa (Aka Bernardo Soares en El Libro del Desasosiego)